Buenos Aires. El mapa es siempre el mismo, pero el paisaje cambia en letanía de calidoscopio. Laberinto de luces, pulso electrónico, líneas difusas, cara y seca.

Mientras el sol asoma en Puerto Madero y la blanca doncella del Jardín Botánico preside un estanque verde, se pule la baldosa porteña con el ensayo infinito (dos, tres, cuatro, voleo atrás) y los edificios antiguos conviven con los edificios modernos en sincronía posmoderna.

El puente apunta al cielo y todo ojo sigue la línea de su dedo.

Arriba, la cruz del sur.